En la vida, hay pilares que sustentan el
paso y el devenir del proceso de crecimiento profesional y emocional de las
personas. Esos pilares son esenciales para crear entornos de seguridad y de
empatía que, combinados con los altos cánones de exigencia en medicina,
consiguen que la labor realizada con esmero y esfuerzo consumado logre la
construcción de equipos humanos alineados con un propósito común: trabajar
intensamente para llegar a un diagnóstico y un tratamiento certero que devuelva
la salud a nuestros enfermos.
Y ese entorno de excelencia, aderezado
de un clima armónico —no sin los problemas y conflictos propios de la condición
humana—, llegó al Hospital General Universitario Santa María del Rosell de la
mano del Dr. Vicente Herrero Sagastume, Jefe de Servicio de Medicina Interna
del Área 2 de Cartagena, que, con más de cuarenta años de trabajo, fue el
responsable del desarrollo de este gran Servicio Médico en la ciudad portuaria,
que lo acogió como a un cartagenero más.
El Dr. Herrero, médico militar de
formación, no era un médico más ni dejaba indiferente a nadie. Con su planta de
casi un metro noventa, su cabellera rubia, sus imponentes ojos azules y su
porte noble y elegante —más propio de un actor como Clint Eastwood—, sumados a
una inteligencia aguda desbordante y una memoria prodigiosa, supo liderar, tras
el fallecimiento del ilustre Dr. Isidoro García Ráez, a unos jóvenes y
brillantes facultativos entre los que figuraban los míticos digestólogos Dr.
Manuel Roig y Dr. Manuel Herrero, el neumólogo Dr. Fernando Pignatelli o el
internista Dr. José Albaladejo, que, entre otros, modernizaron y dieron lustre
al cuadro médico en los difíciles y renqueantes años setenta. Su crecimiento
profesional y su reputación se hicieron grandes en los ochenta y noventa,
siendo el primero y más veterano Jefe de Servicio de la Región de Murcia que
accedió a la plaza por oposición nacional.
No seré yo quien haga gala de su rica
biografía personal y profesional —trabajo delegable a personas y compañeros que
caminaron con él durante largos años y décadas—. Pero como médico que pudo
convivir y conocerlo en los últimos quince años de su dilatada carrera
profesional, y en calidad de amigo en los últimos veinticinco, tengo que
confesar mi enorme admiración por nuestro querido Vicente Herrero, compartida
por la mayoría de sus compañeros.
No era un hombre grandilocuente en
discursos, no era su fuerte, pero tampoco lo necesitaba. Provisto de elegantes
chaquetas, camisas y corbatas, su porte lo decía todo. Amigo de sus amigos,
supo dar golpes de autoridad en la mesa para coordinar todos los servicios
clínicos de un hospital en constante movimiento y crecimiento como el Santa
María del Rosell, y al tiempo era dueño de las mejores y más amables maneras
para reconducir un conflicto.
Yo, al igual que muchos, pude ser
testigo privilegiado de los acalorados debates de casos clínicos, en un mundo
todavía entonces plagado de testosterona y tabaco en las sesiones clínicas. Las
tensiones se convertían en jocosos chascarrillos y sonrisas cómplices. Era la
época dorada del Manhattan, la mítica sala de sesiones clínicas por las que
pasaron numerosos médicos residentes en formación desde principios de los
noventa, como el que aquí les habla. El Dr. Herrero, Don Vicente, era una
figura respetada: nadie sabía más que él, y nadie mejor que él para afinar el
diagnóstico diferencial. Pero también, y nadie más que él, podía hacerlo con
tanta elegancia y desparpajo, enunciando complejos y difíciles epónimos que
daban nombre a un síndrome complejo.
Don Vicente supo ganarse la amistad de
sus compañeros y adentrarse más allá del trabajo, ya fuere en reuniones
científicas o encuentros más informales como compartir mesa y mantel con sus
eternos compañeros de fatigas. Sus inconfundibles costumbres, como ser amante
de la buena mesa, el mus, el dominó, el whisky innegociable de la media
tarde, o sus reiteradas visitas a Almonte en sus largas caravanas rocieras,
hacían gala de una persona que quería vivir, pero que, al mismo tiempo, quería
dejar vivir.
Los que hemos compartido sala de
trabajo, gozos, aventuras y diagnósticos imposibles con Don Vicente nos hemos
llevado de regalo la sonrisa, el cariño y su casi inmortal figura elegante.
Nadie pensaba que este espléndido y singular gigante de la medicina pudiera
caer en las garras de la muerte que, por no poder, no pudo arrebatarle el
querer despedirse de forma rápida de este mundo, sin sufrimientos prolongados y
gratuitos para la familia. Su sonrisa "sin voz" antes de despedirme
de él en la planta de Neurología del Hospital Santa Lucía, al recordarle viejas
batallas clínicas, fue su último regalo antes de que una sucesión de salvas de
eventos isquémicos cerebrales arrebatase su conexión con el mundo físico.
Querido Vicente, aún no nos creemos que
te hayas ido, pues hasta hace poco te veíamos pasear por la calle con tu amada
y bella esposa María con tu siempre colorido y afable semblante.
Somos muchos miles de ciudadanos y
varias generaciones de médicos —que nos formamos bajo tu aura de conocimiento—
los que te estamos agradecidos por tu excelencia profesional, tu humanidad y
por tu talante cercano con el paciente y los compañeros.
Se nos ha ido un grande de la Medicina
Interna, y su magna figura personal y profesional será siempre recordada en
Cartagena y en la Región de Murcia.
Descansa en paz, querido Vicente, y goza
en el paraíso que te has ganado de la alegría y la sonrisa que supiste entregar
a tus seres queridos y a tus amigos.
Tu buen amigo, que aprendió mucho de ti,
Francisco






