martes, 7 de julio de 2026

DR. VICENTE HERRERO SAGASTUME, UN GENTLEMAN DE LA MEDICINA INTERNA.IN MEMORIAM




 

En la vida, hay pilares que sustentan el paso y el devenir del proceso de crecimiento profesional y emocional de las personas. Esos pilares son esenciales para crear entornos de seguridad y de empatía que, combinados con los altos cánones de exigencia en medicina, consiguen que la labor realizada con esmero y esfuerzo consumado logre la construcción de equipos humanos alineados con un propósito común: trabajar intensamente para llegar a un diagnóstico y un tratamiento certero que devuelva la salud a nuestros enfermos.

Y ese entorno de excelencia, aderezado de un clima armónico —no sin los problemas y conflictos propios de la condición humana—, llegó al Hospital General Universitario Santa María del Rosell de la mano del Dr. Vicente Herrero Sagastume, Jefe de Servicio de Medicina Interna del Área 2 de Cartagena, que, con más de cuarenta años de trabajo, fue el responsable del desarrollo de este gran Servicio Médico en la ciudad portuaria, que lo acogió como a un cartagenero más.

El Dr. Herrero, médico militar de formación, no era un médico más ni dejaba indiferente a nadie. Con su planta de casi un metro noventa, su cabellera rubia, sus imponentes ojos azules y su porte noble y elegante —más propio de un actor como Clint Eastwood—, sumados a una inteligencia aguda desbordante y una memoria prodigiosa, supo liderar, tras el fallecimiento del ilustre Dr. Isidoro García Ráez, a unos jóvenes y brillantes facultativos entre los que figuraban los míticos digestólogos Dr. Manuel Roig y Dr. Manuel Herrero, el neumólogo Dr. Fernando Pignatelli o el internista Dr. José Albaladejo, que, entre otros, modernizaron y dieron lustre al cuadro médico en los difíciles y renqueantes años setenta. Su crecimiento profesional y su reputación se hicieron grandes en los ochenta y noventa, siendo el primero y más veterano Jefe de Servicio de la Región de Murcia que accedió a la plaza por oposición nacional.

No seré yo quien haga gala de su rica biografía personal y profesional —trabajo delegable a personas y compañeros que caminaron con él durante largos años y décadas—. Pero como médico que pudo convivir y conocerlo en los últimos quince años de su dilatada carrera profesional, y en calidad de amigo en los últimos veinticinco, tengo que confesar mi enorme admiración por nuestro querido Vicente Herrero, compartida por la mayoría de sus compañeros.

No era un hombre grandilocuente en discursos, no era su fuerte, pero tampoco lo necesitaba. Provisto de elegantes chaquetas, camisas y corbatas, su porte lo decía todo. Amigo de sus amigos, supo dar golpes de autoridad en la mesa para coordinar todos los servicios clínicos de un hospital en constante movimiento y crecimiento como el Santa María del Rosell, y al tiempo era dueño de las mejores y más amables maneras para reconducir un conflicto.

Yo, al igual que muchos, pude ser testigo privilegiado de los acalorados debates de casos clínicos, en un mundo todavía entonces plagado de testosterona y tabaco en las sesiones clínicas. Las tensiones se convertían en jocosos chascarrillos y sonrisas cómplices. Era la época dorada del Manhattan, la mítica sala de sesiones clínicas por las que pasaron numerosos médicos residentes en formación desde principios de los noventa, como el que aquí les habla. El Dr. Herrero, Don Vicente, era una figura respetada: nadie sabía más que él, y nadie mejor que él para afinar el diagnóstico diferencial. Pero también, y nadie más que él, podía hacerlo con tanta elegancia y desparpajo, enunciando complejos y difíciles epónimos que daban nombre a un síndrome complejo.

Don Vicente supo ganarse la amistad de sus compañeros y adentrarse más allá del trabajo, ya fuere en reuniones científicas o encuentros más informales como compartir mesa y mantel con sus eternos compañeros de fatigas. Sus inconfundibles costumbres, como ser amante de la buena mesa, el mus, el dominó, el whisky innegociable de la media tarde, o sus reiteradas visitas a Almonte en sus largas caravanas rocieras, hacían gala de una persona que quería vivir, pero que, al mismo tiempo, quería dejar vivir.

Los que hemos compartido sala de trabajo, gozos, aventuras y diagnósticos imposibles con Don Vicente nos hemos llevado de regalo la sonrisa, el cariño y su casi inmortal figura elegante. Nadie pensaba que este espléndido y singular gigante de la medicina pudiera caer en las garras de la muerte que, por no poder, no pudo arrebatarle el querer despedirse de forma rápida de este mundo, sin sufrimientos prolongados y gratuitos para la familia. Su sonrisa "sin voz" antes de despedirme de él en la planta de Neurología del Hospital Santa Lucía, al recordarle viejas batallas clínicas, fue su último regalo antes de que una sucesión de salvas de eventos isquémicos cerebrales arrebatase su conexión con el mundo físico.

Querido Vicente, aún no nos creemos que te hayas ido, pues hasta hace poco te veíamos pasear por la calle con tu amada y bella esposa María con tu siempre colorido y afable semblante.

Somos muchos miles de ciudadanos y varias generaciones de médicos —que nos formamos bajo tu aura de conocimiento— los que te estamos agradecidos por tu excelencia profesional, tu humanidad y por tu talante cercano con el paciente y los compañeros.

Se nos ha ido un grande de la Medicina Interna, y su magna figura personal y profesional será siempre recordada en Cartagena y en la Región de Murcia.

Descansa en paz, querido Vicente, y goza en el paraíso que te has ganado de la alegría y la sonrisa que supiste entregar a tus seres queridos y a tus amigos.

Tu buen amigo, que aprendió mucho de ti,

 Francisco

domingo, 7 de junio de 2026

ESTA BATALLA NO LA GANARÁN LOS MALOS

 



Frente a la pasividad y al relativismo moral en el que nuestro país y nuestra sociedad están inmersos, la llegada del Papa León XIV a España ha servido de bálsamo moral y de luz en medio de la oscuridad para que muchas personas, entre las que me incluyo, veamos con esperanza lo que nos depara el futuro como sociedad, animando a la juventud a que rompa, sin ambages, los miedos que la paralizan para superar los grandes desafíos que amenazan su porvenir, y que no solo atañen a la incertidumbre laboral o económica, o al derecho a tener una vivienda digna para construir un proyecto de vida o de familia, sino también a vivir en un entorno donde la cultura del esfuerzo, la honradez, la verdad y la defensa de los valores personales sean los promotores de una regeneración social y política.

Vivimos tiempos grises y de grandes claroscuros en nuestro país, donde ha calado la desesperanza y la idea de que solo el enchufismo, el nepotismo y la gratificación onerosa de una lealtad ciega a líderes corrompidos por el poder y el dinero constituyen la única forma de sobrevivir a este fratricida lodazal envenenado en el que se han convertido las instituciones del Estado, que, en no pocas ocasiones, administran de forma espuria los intereses generales de los ciudadanos.

Yo, como muchos otros padres preocupados por la expansiva y sistémica corrupción moral de muchos de nuestros dirigentes, no me canso de decirles a mis hijos que sean testigos de lo que está bien y de lo que está mal, y que sean conscientes de que viven unos momentos históricos de delincuencia y depravación política y social que serán recordados en los anales de la historia democrática contemporánea de nuestro país, donde, una vez más, la fuerza interior genuina de cada persona por hacer el bien se impondrá, pese a la audacia incansable y torticera de las fuerzas oscuras y tenebrosas que recorren muchos pasillos y estancias del poder, las mismas que están instaladas y ramificadas como "árbol en brote" en el mismo corazón de las instituciones que gobiernan nuestro -a veces- renqueante país.

Pero es necesario recordar que existen fuerzas mayores que brotan de la esperanza, de la necesidad de hacer el bien común, del sentimiento de buscar aliento en la justicia y de buscar alternativas a la mentira, que rápidamente carcome, como la polilla, el corazón de las personas. Sus frutos están a la vista.

Hoy, solemnidad del Corpus Christi, el Papa León XIV alienta a los cristianos a la verdadera esperanza de construir un nuevo mundo con ojos limpios y mirada transparente, donde la juventud y nuestros hijos tendrán necesariamente la última palabra y juzgarán las obras de nuestra generación.

 

 

 


jueves, 19 de marzo de 2026

CARTAGENA-MADRID: UN TREN HISTÓRICO Y VERTEBRADOR QUE NOS BIRLARON A CAMARA LENTA





 

Si me dicen que es lo que comparten Cartagena, Cieza y Hellín a fecha de hoy es de forma inequívoca la de haberse quedado en territorios al margen de un país que presume de trenes rápidos mientras va desmontando, pieza a pieza, la red que un día les dio sentido. Es en sí misma la historia silenciosa de una decadencia inducida, administrativamente construida, que ha ido deshilachando la vertebración de la Región de Murcia y parte de Albacete hasta convertir a Cartagena en un casi-cul-de-sac ferroviario, y al Noroeste murciano en un territorio acallado por la resignación.

Los raíles tienen memoria y los que crecimos con el tren como telón de fondo sabemos que la vía hacia Chinchilla no era una simple conexión en el mapa, sino una forma de estar en el mundo. La línea que unía Cartagena con Albacete, pasando por Cieza y Hellín, era la costura entre la España interior y el sureste mediterráneo. Por ella circulaban estudiantes, trabajadores, familias enteras que viajaban a Madrid o a la Mancha, mercancías del puerto camino del centro peninsular, productos agrícolas del Segura y del Campo de Cartagena hacia mercados lejanos.

Durante más de 150 años, ese tren fue símbolo de pertenencia: confirmaba que Cartagena y su comarca no eran una esquina olvidada, sino un vértice estratégico entre mar, industria y agricultura. El viajero que subía en Hellín o Cieza no necesitaba una explicación geográfica; bastaba el billete para saber que formaba parte de una red que enlazaba el Levante con el corazón del país. El mapa ferroviario hablaba un idioma de igualdad básica: todos teníamos, al menos, un hilo de acero que nos unía, y un hilo importante que formaba unos de los ejes estratégicos del mediterráneo y su conectividad con Madrid, inaugurándose esta línea principal y directa en 1865.

Pero la decadencia rara vez empieza con un gran titular. Suele llegar disfrazada de reformas técnicas, de “mejoras de trazado”, de “actuaciones provisionales”. Primero fueron los cambios discretos: variantes, traslados de protagonismo hacia otros ejes, pequeños recortes en servicios que se justificaban por la baja demanda, como si la demanda no fuera, muchas veces, consecuencia de años de abandono.

Después llegó el golpe decisivo: el cierre “temporal” del tramo Murcia–Albacete que, en la práctica, dejó a Cartagena sin su conexión natural con Madrid, y a Cieza y Hellín sin el tren que había estructurado su vida cotidiana. Los trenes híbridos que permitían llegar a la capital madrileña se suprimieron, los regionales se esfumaron del panel de salidas, y la palabra “provisional” comenzó a estirarse hasta confundirse con “indefinido”.

Mientras tanto, se nos pedía paciencia. Se nos prometían plazos que caducaban sin rubor. Cada retraso se justificaba con informes, obras, prioridades cambiantes. Y la vida seguía, pero un poco más lejos. El viaje que antes se hacía encadenando estaciones conocidas se transformó en una combinación de transbordos, carreteras saturadas y la sensación íntima de haber retrocedido varias décadas en derechos de movilidad.

 Cartagena no es un pueblo remoto en mitad de ninguna parte. Es un polo turístico, industrial, militar y universitario. Es puerto de entrada y salida de mercancías y personas, escaparate marítimo de un país que mira al Mediterráneo cuando le conviene. Y, sin embargo, en materia ferroviaria se la trata como a una periferia prescindible, como a un destino al que se llegará “algún día” con alta velocidad, mientras se le retira, en la práctica, la conexión convencional que la sostenía.

Esta desconexión no es solo una molestia para el viajero ocasional. Tiene consecuencias profundas: empresas que pierden competitividad, turistas que optan por destinos mejor conectados, estudiantes y profesionales que se piensan dos veces instalarse en una ciudad cuya accesibilidad depende casi exclusivamente de la carretera. El puerto, al que tanto se apela en discursos grandilocuentes, ve limitada su capacidad de proyectarse tierra adentro con la solidez que otorga una buena red ferroviaria.

En paralelo, el Noroeste de la Región de Murcia y las comarcas del sur de Albacete ven cómo su papel se difumina. Cieza, Hellín y tantos municipios intermedios pierden ese hilo directo con la capital y con Cartagena. La geografía económica se redibuja: donde antes había un corredor articulado, ahora hay fragmentos, espacios que dependen de conexiones indirectas, de la buena voluntad de la carretera, del precio del combustible, de la paciencia del conductor.

Sería cómodo pensar que todo esto responde a una fatalidad técnica, a una suma de circunstancias desafortunadas. Pero la verdad es más incómoda: la desvertebración que vive este eje es, sobre todo, política. Alguien decide dónde se invierte antes, qué líneas se electrifican, cuáles se modernizan, qué conexiones se priorizan en el gran relato de la alta velocidad. Y alguien, por acción o por omisión, ha decidido que Cartagena, su comarca y el Noroeste murciano pueden esperar. Y seguir esperando.

La falta de liderazgo político es, quizá, la parte más dolorosa de esta historia. No se trata solo de señalar al Gobierno central o a una consejería autonómica concreta. Se trata de constatar una cadena de renuncias: alcaldes que se resignan, representantes que se limitan a escribir cartas y notas de prensa, partidos que usan el tren como arma arrojadiza pero no como causa compartida. Cada cual se refugia en su relato, mientras las vías permanecen sin servicio o sin las inversiones necesarias. Pasen a modo de ejemplo por la estación modernista de Cartagena y la verán vacía y desalmada, impropia de una ciudad histórica que es cabecera de una área comarcal de 400,000 personas que ve duplicada su población en los meses turísticos.

En otros territorios, el ferrocarril se defiende como cuestión de Estado, casi como un rasgo de identidad. Aquí, a menudo, se asume que el coche y la autovía son el destino natural, como si el siglo XXI no hubiera traído consigo una conciencia ambiental y social que exige precisamente lo contrario: más tren, mejor tren, tren para todos. Lo que en otros lugares se ha logrado con alianzas amplias, aquí se diluye en pequeños gestos y grandes silencios.

Sin embargo, permítanme decir que no todo está escrito. La misma serenidad con la que uno puede describir esta decadencia inducida debe servir para plantear caminos de salida. No se trata de elegir entre alta velocidad o nada; se trata de poner sobre la mesa una lógica de prioridades distinta.

En mi humilde opinión hay algunas líneas claras que podrían articular una agenda propositiva:

• Exigir la reapertura inmediata del servicio convencional entre Cartagena y Albacete, aunque sea con material rodante modesto, como gesto mínimo de respeto a los territorios afectados.

• Comprometer calendarios verificables para la modernización y electrificación del eje, integrándolo en una visión coherente del Corredor Mediterráneo y de la conexión con Madrid.

• Reforzar el papel de Cieza, Hellín y las estaciones intermedias como nodos de un sistema de movilidad que no puede reducirse a las grandes capitales, recuperando la idea de que el tren sirve también a la España intermedia, no solo a la España metropolitana.

• Construir un frente social e institucional más amplio si cabe del ya existente –empresas, sindicatos, universidades, colectivos ciudadanos, ayuntamientos– que trascienda colores políticos y plante territorios unidos frente a la inercia de la marginación.

En el fondo, el debate ferroviario aquí no es solo técnico ni económico; es una cuestión de dignidad territorial. Mantener a Cartagena y su comarca, junto con el Noroeste murciano y el sur de Albacete, en una situación de desconexión o infraconexión crónica envía un mensaje claro: hay territorios que cuentan y territorios que pueden esperar.

Aceptar esa lógica es renunciar a una idea equilibrada de país y aceptar cada vez más la brecha existente entre territorios prósperos y territorios abocados a la marginalidad en temas de conectividad ferroviaria.

Por eso, contar esta historia desde la serenidad no significa asumirla con resignación, sino nombrarla por lo que es: una injusticia territorial construida a cámara lenta. Y a partir de ahí, decidir si queremos seguir viendo pasar los trenes desde lejos o trabajar, con firmeza y sin estridencias, para que vuelvan a pasar por donde siempre debieron hacerlo.