miércoles, 12 de agosto de 2015

DE CORRUPTORES, CORRUPTIBLES E INTERMEDIARIOS




Parece ser que no tenemos arreglo ni solución. No aprendemos. A la más mínima que levantamos cabeza y cuando parece que hemos limpiado un poco nuestra habitación, -que si la Gürtel, caso Bárcenas, Eres, familia Pujol,- irrumpe con fuerza otra nueva trama corrupta de altos vuelos, la denominada “Púnica”, la cual afecta a buena parte de nuestro país con episodios que acontecieron muy recientemente en 2014, como si el asedio de la justicia a la gran corrupción que arrasó nuestro país en la época de la gran burbuja inmobiliaria no fuera suficiente para que estos navegantes amigos del suculento negocio de la corrupción se lo piensen dos veces.

Y es que parece que la corrupción anida en nuestro ADN de “Spanish people”, especialmente en aquellos que atesoran cierto grado de poder y que confunden lo público con el bolsillo particular. Pero a fuerza de ser sinceros, y en lo que se refiere al saqueo del erario público, habría que definir los diferentes perfiles de los corruptos, pues para que el negocio se confabule y se convierta en una fina y engrasada rueda mecánica de hacer billetes grandes, hacen falta, al menos, de tres tipos de personajes, que juntos y en simbiosis, se articulan en una asombrosa máquina de succión recursos públicos. En definitiva hay que cortejar y dejarse cortejar.

De un lado, en todo entramado corrupto se hace imprescindible el “corruptor”. Éstos suelen ser empresarios ambiciosos que organizan el formato, construyen la maquinaria y dan el impulso definitivo. Son arriesgados, tienen el olfato de tiburón con el que huelen a distancia una gran oportunidad para forrarse y hacerse de oro y por supuesto no tienen escrúpulos. Disponen de medios, dinero, cuentan con amigos testaferros, asesores, y saben cómo crear empresas pantalla para ocultar el rastro del dinero. La ambición y la avaricia los definen.

Estos tienen una clara deficiencia, necesitan de contactos y de la información necesaria para poder acercarse a los posibles funcionarios y políticos sobornables y corruptibles de turno a los que ofrecer de forma sutil y enmascarada su parte del pastel en este negocio. De ahí que entre en acción la esencial figura del  “intermediario”. Éste es tan depravado y malicioso como el corruptor, y participa de forma colateral en las bases del negocio. Ofrece experiencia, información privilegiada y perfiles de políticos corruptibles. Son intuitivos, listos, simpáticos y melosos. Acarician tu piel con suavidad y te dan una buena palmadita en la espalda. Te ofrecen seguridad y buenas intenciones. Estos personajes, que disponen de una agenda de contactos que no tiene precio, son los interceptores de la red clientelar y asesoran a los corruptores, organizando reuniones y ofreciendo información personal.

Finalmente, el tercer engranaje necesario en una buena trama la cerraría el político corruptible que sufre de la tentadora oferta del corruptor a través del sutil intermediario. Probablemente el político corruptible no lo fuera tanto en sus inicios, pero tanto tiempo al servicio de lo público por un sueldo que consideran “insuficiente” y la evidencia de una “insatisfacción” y “frustración” permanentes por no haber promocionado en la empresa, o simplemente por no haber acariciado el dinero que otros y en otra época succionaron a destajo, parecen ser motivos alentadores para dejarse querer en el entramado.

No se cansen, parece que siempre habrá villanos-y villanas- que cada día nos saquean, engañan y se aprovechan de nosotros, a poco que se escarbe. Los corruptibles pensarán: “pobres e ignotos ciudadanos, que desconocen lo que nos jugamos todos los días por ellos por cuatro chavos y sin el justo y debido reconocimiento”. 

Por ello, la tolerancia de los ciudadanos hacia la corrupción debería ser cero y nuestra exigencia por una mayor transparencia y una buena gestión de los fondos públicos debería ser extremadamente alta. 

¿Tanto es pedir que sean todos nuestros políticos honestos, responsables y honrados?



lunes, 10 de agosto de 2015

CORAZONES INDIFERENTES



                 Costas de Grecia. Veinte de abril de 2015


Los vemos ya casi a diario en los telediarios y parece ser que nuestra retina se ha  acostumbrado a su presencia. Son personas que saben lo que les espera en su lugar de origen: miseria, opresión y muerte. Por ello deciden emigrar buscando el maná que les dejara el supuesto oasis del edén del primer mundo. Para ello cruzan desiertos, fronteras y hasta medio continente a pie. Sufren abusos, robos y violaciones entre fronteras, pasan sed, hambre, se quedan desnudos y no tienen el aliento salvo del que les acompaña en el viaje, y no siempre. Se juegan la piel y todos los ahorros de una vida para un futuro incierto, que en muchos de los casos, se convierte en sus tumbas. Podría tratarse de la escena de una maltrecha embarcación atiborrada de cientos de subsaharianos, magrebíes o libios, perdida frente a las costas de Lampedusa, Grecia o de personas que se la juegan al cruzar el Eurotúnel o al saltar la valla en Melilla.


          


Pero ya casi nadie repara en sus miradas desalmadas ancladas en el infinito, repletos de tristeza y dolor, y llenos de la desesperación suficiente como para desafiar el destino fatal e inexorable en sus países de origen. Ya son pocos los que hurgan en el pasado de estos seres humanos que han visto y vivido el horror en primera persona. 




Para los medios de comunicación se convierten en un número más, en una estadística más que cubrir, 
y para los Gobiernos y sus líderes, en un problema de invasión de fronteras y vallas o de falta de medios humanos para hacer frente a esta avalancha humana que huye del miedo y el horror desencarnado. Para los que vivimos en nuestra cúpula de cristal, cómodos y apoltronados con el mando a distancia en la mano, una noticia desagradable que dura y molesta a la conciencia lo que tardamos en zapear o en pulsar el botón de apagado.



               Campo de golf en Melilla. Veintidós de octubre de 2014.


A veces me pregunto cuándo se hizo indiferente nuestro corazón frente a este drama humano. Si nos fijáramos un poco en sus ojos, en sus miradas y nos percatáramos por un minuto del auténtico drama humano que asola nuestras orillas, quizá nos demos cuenta que algo no encaja en nuestro mundo globalizado. Algo falla. Al menos nuestras conciencias no estarán tan impasibles cuando cambiemos el canal de televisión. Al menos la mía.





martes, 28 de julio de 2015

EL MILAGRO DE LA CURACIÓN DE LA HEPATITIS C












El pasado día 28 de julio, se celebró el día mundial de la hepatitis, en el que se recuerdó la importancia y la relevancia de los cientos de millones de personas en el mundo afectadas por infecciones agudas o crónicas de los diferentes virus de la hepatitis (A, B, C, D y E) y en el que se hizo hincapié por organismos internacionales como la OMS, en las importantes medidas preventivas y terapéuticas necesarias para disminuir esta pandemia y sus graves repercusiones para la salud mundial. La elección de esta fecha guarda un especial homenaje al Profesor Baruch Samuel Blumberg, premio Nobel de Medicina en 1976,  que nació un 28 de julio de 1925, y al que debemos el honor de ser el científico que identificó el virus de la hepatitis B y el que aplicó la primera vacuna contra este virus.

Esta fecha ha tenido especial eco en los principales medios de comunicación españoles, pues tras sufrir un largo y tedioso periodo de restricciones al acceso de los así llamados antivirales activos directos (AAD) de primera generación, en los últimos tres años,  por problemas estrictamente presupuestarios, y con los que lográbamos no con pocos efectos secundarios, una tasa de curación del 65-75% en el mejor de los casos, hemos pasado de forma súbita en este año de gracia de 2015 a implementar el ambicioso programa nacional estratégico de hepatitis C en todo el territorio nacional, gracias en buena medida, a las protestas de los colectivos de pacientes afectados que escenificaron encierros dentro de importantes hospitales públicos, plataformas ciudadanas que organizaron protestas y manifestaciones en grandes ciudades, y por la presión mediática de medios de comunicación y la ejercida por las principales sociedades científicas y médicas.

Para desarrollar este importante programa, ha sido necesario un histórico acuerdo de financiación entre el Ministerio de Sanidad-con el placet del Ministerio de Hacienda- y las distintas CCAA, en el que se especificaba un techo de gasto de 727 millones de euros para tratar pacientes con hepatitis C, en una primera fase de tres años, y destinados a unos 51.900 pacientes que afectarían fundamentalmente al 50% de la población infectada conocida o consensuada, y que tuvieran al menos un grado de fibrosis o inflamación hepática desde moderada a severa (incluyendo cirrosis hepática), en lo que se ha llegado a denominar como fibrosis grado 2 (F2 o moderada), grado 3 (F3 o significativa) y grado 4 (F4 o cirrosis).

Este plan ha supuesto según fuentes del Ministerio de Sanidad el que unos 18.134 pacientes se hayan beneficiado desde el 1 de abril de 2015 con los nuevos AAD de segunda generación, en los que según la evidencia científica basados en los diferentes ensayos clínicos, más de un 90% alcanzaría la denominada y ansiada tasa de respuesta sostenida o curación para los diferentes tipos de hepatitis C (genotipos 1, 2, 3 y 4), y en los que en  la mayoría de los casos, supondría solo doce semanas de tratamiento, con pautas orales que contienen entre uno y cuatro comprimidos en los mejores escenarios clínicos, y con mínimos o nulos efectos secundarios e interacciones.

Pese a que estamos ante esta gran noticia y con un acceso fácil a la medicación antiviral en las diferentes CCAA, en un programa desde luego pionero e inédito en Europa, no faltan las críticas y las razones de las diferentes plataformas de afectados en las que se reclama un acceso universal a todos los pacientes afectados, incluidos los que tienen una baja inflamación hepática y los pacientes reclusos en centros penitenciarios (en los que la llegada de estas terapias sigue siendo escandalosamente baja), además de hacer una llamada de atención para potenciar otras líneas de lucha frente a la hepatitis C que vienen propuestas en el borrador del plan nacional, y que no han sido implementadas hasta la fecha, como son las que hacen referencia a promocionar estudios epidemiológicos nacionales, o establecer campañas de prevención nacional de esta enfermedad.

No cabe duda por otra parte, que es vital y primordial diseñar campañas de detección precoz en los centros y áreas de salud,  ya que la hepatitis C es una enfermedad silenciosa en la mayoría de los casos y es la principal responsable después de años y décadas de evolución de muerte por cirrosis (30%) y de incidencia de cáncer de hígado (70%) y trasplante hepático (40%), lo que contrasta con el hecho de que solo hemos podido diagnosticar, en base a estimaciones de estudios de seroprevalencia, a un 35% de la población real con infección crónica hepática activa por hepatitis C, la cual, se estima en unas 480.000 personas en España.

Si a esto añadimos el que no disponemos de vacunas efectivas para prevenir la infección por VHC y de campañas informativas efectivas  en materia de prevención e información general a la población general, podemos aseverar que el reto de la erradicación de esta enfermedad queda aún lejano en el horizonte de los países más desarrollados.

Mi opinión personal, es que estamos realmente ante un hito histórico sin precedentes, en el que es la primera vez que disponemos de terapias antivirales altamente efectivas para erradicar una infección viral crónica y que marcará en nuestro país y en los países con recursos de nuestro entorno, un antes y un después en la evolución natural de esta enfermedad.

No obstante, y considerando que una buena parte de los pacientes más graves ya han sido o están siendo tratados en 2015, sería conveniente y deseable el no restringir estas nuevas terapias a la población con mínima fibrosis hepática (F0-F1), ya que existe riesgo epidemiológico de seguir propagando la infección, bien por transmisión sexual a otras parejas sanas o por accidente biológico laboral de forma excepcional. 

Por otra parte, no es del todo infrecuente en la práctica clínica, el que en algunos pacientes se evidencia una rápida progresión de la enfermedad hepática o fibrosis en pocos años, como ocurre en portadores del genotipo 3, o en los pacientes con coinfección con el VIH o en aquellos que consumen alcohol u otras sustancias tóxicas

En definitiva, es mucho lo ganado y en poco tiempo, pero se debe seguir avanzando en términos de prevención, detección precoz y acceso al tratamiento a colectivos menos favorecidos, como son los pacientes reclusos y los que carecen de inflamación hepática importante (F0-F1), pero que siguen soportando el riesgo de la progresión y propagación de esta enfermedad infecciosa viral, así como la carga psicológica de tener una enfermedad y no ser tratada con terapias al alcance, además de una importante y no medible estigmatización social.









sábado, 16 de agosto de 2014

ESCLAVO POR TU AMISTAD








No recuerdo bien cuando nos conocimos por primera vez, ni quién fue quién nos presentó. Probablemente tuviera quince o dieciséis años. Al principio no hicimos buenas migas, pero ya entrada en mayoría de edad, entre guasas y tonterías adquirimos confianza el uno con el otro y sin darnos cuentas nos hicimos uña y carne. Todo el mundo nos miraba y en cierta medida nos tenían envidia, pues juntos ligábamos el doble, y casi no necesitábamos a nadie. Después llegó la Universidad y aunque pensabas que podía romperse nuestra relación, está se afianzó aún más pues ¿quién era capaz de prescindir de ti en los momentos más estresantes, en el que nadie mejor que tú era capaz de comprender mis angustias y mis soledades?

Después terminó mi carrera. Me cambié de ciudad, hacía mis primeros pinitos profesionales, y aunque sé que estabas celoso por si te dejaba, yo no hacía más que llamarte desconsoladamente y tú siempre aparecías como por arte de magia. Nunca me abandonaste a mi suerte. Con el tiempo y los años, nuestra relación maduró, ya no hubo charlas ni pensamientos placenteros, sino dependencias absurdas de una amistad que se forjó de cuando éramos unos niños. Te pusiste realmente nervioso cuando encontré mi amor verdadero, mi pareja, con la que construí una familia y pensaste otra vez que ya no volveríamos a vernos. Sin embargo mi dependencia hacia ti era mayor de lo que pensaba, pese a que ya nuestra relación atravesaba una etapa más aburrida, menos desafiante y más materialista.

Cuando me sentí hastiada de ti, quise dejarte, pero fue cuando por primera vez me amenazaste. Me dijiste que sin ti no era capaz de vivir, ni ser feliz, ni ser la misma persona. No parabas de decirme que sufriría y que no encontraría nada mejor que tu compañía. Supe entonces que nuestra relación de supuesta amistad se había convertido en una convivencia amenazante basada en el vasallaje y en el chantaje emocional. Fue en ese preciso momento cuando pude ver el verdadero rostro amargo de tu cara, que en antaño me parecía amistosa y en mi interior comprobé que tú me convertiste en una persona débil e insegura, pues no me atrevía a abandonarte por miedo y desesperación.

Pasaron años, y salvos momentos puntuales de confort y placer, solo me diste disgustos, esclavitud, inseguridad y hastío y generaste mal ambiente en nuestra casa y en nuestra familia. Pasaron más años y por aquel entonces ya tenía hijos mayores que siempre criticaban nuestra relación que siempre sobrepasaba el absurdo. Ellos me dieron la voz de alarma cuando notaban en mi cuerpo signos tangibles de cansancio y debilidad. Un día mi hijo se alarmó cuando me vio tendida en la cama, sin signos aparentes de vitalidad, con los ojos abiertos, la cara abotargada y las manos azuladas y pensé por segundos que la vida abandonaba mi cuerpo. Me llevaron al hospital y me diagnosticaron una severa enfermedad pulmonar, que precisaría para el resto de mis días de oxigenoterapia en el domicilio.

Fue entonces, cuando rendí cuentas a la vida por dejar que tu compañía se adueñara de mi voluntad y dominara por siempre el fin último de mis actos. El peaje que pagué por tu compañía fue muy caro y a cambio de burdas mentiras.

Por eso y desde ahora te digo, Don Tabaco, que abandones mi vida, pues mal me has hecho y me dejé engañar y embaucar por ti. Nunca más sufriré por tus amenazas fraguadas en el miedo y en la oferta de un placer adictivo e inoperante, pues ya te llevaste mi salud y mi dinero. ¿Qué más quieres de mi villano?

¡Sal de mi vida ya!


martes, 5 de agosto de 2014

PON UN "WASAP" EN TU VIDA






¿No me digan que no han caído en las tendenciosas redes del wasap?. No saben lo que se pierden, o sí. Hasta hace dos años y medio desconocía personalmente lo que era o significaba un wasap, o lo que me iba a afectar en la vida cotidiana. Pasado un tiempo, he de reconocer que ha conseguido moldear mi forma de interactuar y estaría diciendo una falacia si dijera lo contrario.

Quién augurara que el lenguaje escrito tenía las horas contadas con el advenimiento de las sofisticadas redes de telefonía móvil 4G con increíbles vídeo-conferencias en color y en alta definición iría un poco desencaminado. Si usted se para a pensar se dará cuenta que casi todo el mundo de su alrededor wasapea y ya casi nadie le llama por teléfono. Yo ya ni miro cuantos minutos consumo de teléfono, pues tiempo hace que mi compañía me puso tarifa plana con llamadas ilimitadas. Algo se estaba cociendo con esa forma peculiar de intercomunicación – el wasapeo-, en el que uno o cincuenta personas a la vez, wasapean bien de forma informal, de forma oficial, o de ambas maneras. En breve, así lo  creo, diré adiós al SMS.




Fíjense en las ventajas del wasapeo, es económico, solo necesitas un Smartphone con la necesaria aplicación, puedes hablar gratis en los cinco continentes, lo utilizamos si no nos parece prudente abusar de la confianza del bis a bis telefónico y en horarios intempestivos, nos permite enviar un link tendencioso, informativo o una foto imprudente, podemos hacer campaña informativa, podemos burlarnos de alguien, podemos hacer estrategias de grupo en medio del vórtice de un huracán laboral, te pones al día de cualquier cotilleo o marujeo, y tienes localizado, en su caso, a cualquier amigo o compañero de profesión, aunque distes de él grandes y descomunales distancias.  

Pero no todo es oro lo que reluce, sobre todo cuando se reanuda el –para mi casi estridente- típico ruidito “pliinnn”, y dejas lo que tienes entre manos y te pones a hurgar en tu teléfono para ver qué demonios me estoy perdiendo. Cuando han pasado varias semanas y meses, empiezan a crearse espontáneamente decenas de grupos wasap en el que apareces tú, bien de trabajo, de amigos, grupos marujas, agrupaciones de viejos camaradas de promoción del colegio o de la Universidad, y uno observa que lleva soportando al menos un centenar de wasaps a lo largo del día y que provocan que instintivamente realices constantes giros de cuello fortuitos, movimientos digitales con la mano, y así, una y otra vez, hasta que te das cuenta de que te has hecho un ser dependiente y ciberadicto a la red social del que creó el wasapeo, y por tal motivo, te sientes en constante tensión, nervioso, compulsivo, maniático y quizás algo esquizoide, por no hablar de hábitos que no hacen más que enturbiar y entorpecer otros quehaceres diarios, que a la postre, son más saludables.


Pero fastidiar, lo que se dice fastidiar, ya no es la contractura cervical, el vértigo y la cefalea de estos movimientos estereotipados de la cabeza o de la manita protagonista, sino el hecho de que te levantas por la mañana, y de repente, apareces en un nuevo grupo, del que nadie te ha pedido permiso, con el nombre de "quedadita para la comida" o "cumpleaños de los niños de la clase de 3º D o "médicos del mundo". La madre que los parió. Entonces y ante esta amenaza tienes dos alternativas, la políticamente correcta, esto es, silenciar el grupo y esperar a que ocurra el evento -si es que lo hay- para después darte de baja sin mayores consecuencias, o ir de frente con mala leche, darte literalmente de baja en el grupo, como el que se va de la casa dando un buen portazo y como una manera activa de protesta ante la irrupción de un grupo acústico molesto que quiere irrumpir en tu vida.

Sí, del wasapeo se esperan muchas cosas más, esto solo acaba de empezar. Veremos en un futuro no muy lejano a algunas compañías telefónicas -las más pequeñas- que harán un ERE por la falta de uso de la línea inalámbrica, asistiremos a denuncias y a juicios por desatender un wasap importante que acabó con la vida de un sujeto, juicios por acoso laboral y sexual a través del wasapeo impertinente, o contenciosos por daños y perjuicios económicos cuando se dejó de atender una operación bursátil a través de este tipo de mensajería. Y esto no es ciencia ficción.

Viviremos también, regulaciones del wasapeo en la empresa -no vaya a ser que se nos despisten los sujetos y las sujetas-, su prohibición en un acto litúrgico, su uso en el coche por potenciales distracciones mortales y un sinfín de medidas destinadas a fiscalizar el uso "indebido" del wasap.

Por tanto, no lo dude, si quiere que su mundo cambie de la noche a la mañana, ponga por favor un wasap en su vida. Y si no, siga con su teléfono de toda la vida. 


Para su información: "Wasapear" es un neologismo derivado de la red social WhatsApp, y aún no está aceptado como término de la Real Academia española. No obstante, algunas instituciones ya defienden el buen uso del castellano y nos indican que el sustantivo wasap (mensaje gratuito enviado por la aplicación de mensajería instantánea WhatsApp), así como su verbo derivado wasapear (intercambiar mensajes por WhatApp), son adaptaciones adecuadas al español, de acuerdo con los criterios de la Ortografía de la lengua española. Las adaptaciones admisibles como guasap, plural guasaps, y el verbo guasapear, al perderse la referencia a la marca original y percibirse como términos más coloquiales, son menos preferibles que las formas con w.


viernes, 25 de julio de 2014

EL GRITO DEL JOVEN DE LA CAMISETA VERDE



Obra "El grito" de Edvard Munch. 1893

El horror se puede vestir de cualquier color, incluso de verde. Nuestra piel se ha hecho de la textura de la misma piedra cuando uno enchufa el televisor y vemos cualquier conflicto bélico. Pero creo que aún no estamos preparados para ver una ejecución en directo. Todavía no. El escenario, Gaza, y el protagonista un joven –no más de 18 años- espigado, moreno con una llamativa camiseta verde bien remangada a la cintura de unos tejanos. El chaval no tuvo otra cosa que hacer que trotar entre una montaña de escombros en medio de una calle bombardeada, aprovechando un alto el fuego para intentar localizar a familiares enterrados en un mar de piedras, maderas y láminas de hierro. Detrás de él y a unos diez metros, otros voluntarios palestinos y trabajadores municipales provistos de camillas para retirar los cadáveres.

El joven de verde seguía caminando como avanzadilla de grupo entre calles y edificios derribados  y emitiendo gritos de desesperación por la probable tragedia de no encontrar a sus seres queridos. De repente, tres disparos secos de un francotirador y al menos uno hacía blanco en el joven palestino y lo dejaba en un santiamén en el suelo, con gesto de dolor, bocarriba y con fuerzas aún para levantar las manos derecha e izquierda y pedir ayuda para que lo auxiliaran entonando un «Dios mío, Dios mío, ayudadme». Los que grababan con el celular y le seguían no podían atenderlo, estaban en territorio comanche, y al descubierto, y sería un suicidio acudir hacia él. Un servidor y televidente de la macabra escena, no podía creer en este horror del propio directo. Pasaron varios e interminables segundos hasta que sobrevino un silencio sepulcral tras escucharse un cuarto disparo certero que hizo que el joven malherido emitiera un débil y extenuante grito y expirara.

Sí, un silencio del horror, que desgarra cualquier conciencia y cualquier atisbo de humanidad. Una muerte más en balde, la de un joven que buscaba a sus familiares y se quedó sin esperanza y sin proyecto de vida. Un blanco más de esta estúpida y vil guerra que cederá a un provisional alto el fuego hasta la próxima escaramuza del crónico conflicto de Oriente Medio.

Sí, «un grito del silencio» de aquellos muertos que callarán para siempre.

Dios mío y Dios mío.

miércoles, 16 de julio de 2014

HIJOS DE UN DIOS MAYOR





Se han erigido en una especie superior, de molde prediseñado en la probeta y de una resistencia genética a prueba de cualquier tipo de colisión de partículas cuánticas y subatómicas. La expresión de estos seres suele ser la misma, bien la de una esfinge que apenas emite una mueca, o la de una sonrisa tan grande, que cuando menos, llama la atención en medio de un gran tornado de grandes dimensiones que está a punto de engullirlos.

Están hechos de otra pasta y miccionan en otro tipo de orinal. Su estómago, según se dice, es de grandes dimensiones, pues en él cabe perfectamente una cesta de víboras o alberga el tamaño de una serpiente pitón, según el caso. Son inmunes a cualquier tipo de veneno, y soportan muy bien el óxido y la corrosión del tiempo. De repentes los ves aquí, en una foto grande, y pasan diez años y los ves allá, en otra foto más grande, con la misma sonrisa, o la misma cara inexpresiva. Uno se pregunta: ¿Cómo lo hacen?

Parecen un ejército de clones, se expresan, gesticulan, visten y hasta sueñan con las mismas cosas. Dicen que tienen finas y ocultas ventosas en sus extremidades superiores e inferiores, y por ello cuando se agarran a algo no se sueltan con facilidad, aún a riesgo de que se despellejen vivos.

Esta especie de superhombres y supermujeres, no se atribulan por nada ni por nadie. Muchos de ellos repiten cartel, y desconocen el significado de algunas palabras, como el honor, la honestidad, la honra, la generosidad y el buen servicio y ejemplo hacia la sociedad. En cambio están habituados muchos de estos seres a convivir con la palabra imputación, prevaricación, cohecho, falsedad documental, blanqueo de capitales etc…

Efectivamente hablamos de una supercasta de políticos, una minoría de esta gran familia, sí, pero poderosa, omnipresente y altamente peligrosa pues fácilmente contagia a la pléyade de subalternos y palmeros que le sucederán en futuras generaciones.

 Esta casta de políticos desconoce la existencia del concepto de temporalidad del cargo y del buen uso de su experiencia previa al servicio de la sociedad, a la que representan. Salvo honrosas y extraordinarias ocasiones, no saben lo que es dimitir de un cargo, aunque sea por higiene personal y democrática.

De sus bocas suelen repetir las mismas sandeces cuando sus nombres aparecen en un auto judicial: «soy inocente y estoy deseando colaborar con la justicia», para luego divagar, omitir, no documentar o no declarar, anteponiendo intereses personales. Por no hablar del tópico «pongo mi cargo a disposición del partido», como una manera de quedar bien para con uno mismo y evitar cualquier tipo de responsabilidad personal y dejar el marrón al jefe de filas, evitando así la dimisión.

Esta casta tiene las cualidades que las esporas microbianas han logrado durante millones de años: resistencia. Saben lo que es atrincherarse en el cargo, aunque la mierda les sacuda de arriba a abajo y el hedor contamine de forma transversal al político o gestor que con honor trabaja por el bien común. Tienen la desfachatez de querer volver a formar cartel para presentarse por enésima vez a unas nuevas elecciones o postularse a un nuevo cargo, como si la misa y el clamor social no fuera con ellos.

Y muchos de ellos piden sólo cuando la soga les aprieta el cuello, que los amigos de la misma bancada –da igual unos que otros- les otorguen como premio el ser aforado, algo así como una especie de blindaje, que como poco te permita ganar tiempo y evitar el pasillo del acusado común en un tribunal ordinario. Sí, que me juzgue el Supremo, a ver qué tal me va. Y si por desgracia les fuera mal y tuvieran que pisar el talego, cosa improbable, siempre pueden tener esa posible ayudita de su Dios Mayor y que se llama indulto.

Dicen de esta casta que trabajan constantemente para el pueblo y por el pueblo, pero largo tiempo pasó antes de que dejaran de ser del pueblo. Con el tiempo han adquirido inmunidad natural a la corrupción y al miedo a ser imputados. Forma parte del oficio, de su naturaleza, de la propia casta.

Por el contrario, usted y yo sabemos que ambos moriríamos a primeras de cambio, y solo con pensarlo, de vivir en un escenario similar sometido a escarnio público, o simplemente tener que hacer una visita no turística al juzgado.

No lo duden ustedes, esta casta son auténticos hijos de un «Dios Mayor».